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id da página: 8371 Deus Ignoto

Deus Ignoto

Vladimir Lossky — DEUS IGNOTO


El apofatismo como actitud religiosa frente a la incognoscibilidad de Dios no es propiedad exclusiva de las Areopagiticas. Se lo encuentra en la mayor parte de los padres. Clemente de Alejandría, por ejemplo, declara en los Stromata que podemos llegar a Dios, no en lo que él es, sino en lo que no es. La propia conciencia de la inaccesibilidad del «Dios ignoto» no podría adquirirse, según él, de otro modo que por la gracia, «por esa sabiduría que Dios concede y que es la fuerza del Padre». Esta conciencia de la incognoscibilidad de la naturaleza divina equivale, pues, a una experiencia, a un encuentro con el Dios personal de la revelación. En virtud de esa gracia experimentaron Moisés y san Pablo la imposibilidad de conocer a Dios; el primero, cuando penetró en las tinieblas de la inaccesibilidad y, el segundo, cuando oyó las palabras que expresaban la inefabilidad divina. El tema de Moisés acercándose a Dios en las tinieblas de Sinaí, tema que hemos encontrado en Dionisio y que fue adoptado por primera vez por Filón de Alejandría como imagen del éxtasis, será la figura preferida por los padres para expresar la experiencia de la incognoscibilidad de la naturaleza divina. San Gregorio Niseno consagra un tratado especial a la Vida de Moisés, donde la ascensión del monte Sinaí hacia las tinieblas de la incognoscibilidad se representa como la vía de contemplación, preferible al primer encuentro de Moisés con Dios, cuando se le apareció en la zarza ardiente. Entonces Moisés vio a Dios en la luz; ahora entra en las tinieblas, dejando tras de sí todo lo que puede verse o conocerse; no le queda sino lo invisible y lo incognoscible, pero lo que hay en esas tinieblas es Dios. Porque Dios reside allí donde nuestro conocimiento, nuestros conceptos, no tienen acceso. Nuestra ascensión espiritual no hace sino revelarnos de un modo cada vez más evidente la incognoscibilidad absoluta de la naturaleza divina. Al desearla cada vez más, el alma no cesa de crecer, sale de ella misma, va más allá de ella y, al ir más allá, desea más; así la ascensión se torna infinita y el deseo insaciable. Es el amor de la Esposa del Cantar de los Cantares: tiende sus manos a la cerradura, busca lo inaprehensible, ama a Aquel al que no puede alcanzar... Lo alcanza consciente de que la unión no tendrá fin, que la ascensión no tendrá término.

San Gregorio Nacianceno recoge las mismas imágenes y ante todo la de Moisés: «yo avanzaba, dice, para conocer a Dios. Por eso me separé de la materia y de cuanto es corporal; me recogí, tanto como pude, en mí mismo y me elevaba hacia lo más alto de la montaña. Pero cuando abrí los ojos, apenas pude divisarlo por detrás y estaba cubierto por la piedra, es decir por la humanidad del Verbo, encarnado para nuestra salvación. No pude contemplar la naturaleza primera y purísima que no es conocida más que por ella misma, o sea por la Santísima Trinidad. Porque no puedo contemplar lo que se encuentra tras el primer velo, cubierto por los querubines, sino únicamente lo que desciende hacia nosotros, la magnificencia divina que se hace visible en las criaturas». En cuanto a la esencia divina en sí misma, es «el Santasanctórum que permanece oculto aun a los serafines». La naturaleza divina es como un mar de la esencia, indeterminado e infinito, que se extiende más allá de toda noción del tiempo y de la naturaleza. Si el espíritu intenta formar una débil imagen de Dios, considerándolo no en él mismo sino en lo que lo rodea, esa imagen le escapa antes de que trate de captarla, iluminando sus facultades superiores como un relámpago que deslumbra los ojos. San Juan Damasceno se expresa en el mismo sentido: «lo Divino, dice, es infinito e incomprensible, y lo único que podemos comprender es su infinidad y su incomprensibilidad. Todo lo que decimos de Dios en términos positivos declara, no su naturaleza, sino lo que rodea a su naturaleza. Dios no es nada de los seres, no porque no sea ser, sino porque está por encima de todos los seres, por encima del ser mismo. En efecto, ser y ser conocido son del mismo orden. Lo que está por encima de todo conocimiento está también absolutamente por encima de toda esencia; y recíprocamente, lo que está por encima de la esencia está por encima del conocimiento».

Sería posible encontrar indefinidamente ejemplos de apofatismo en la teología de la tradición oriental. Nos limitaremos a citar un pasaje de un gran teólogo bizantino del siglo XIV, san Gregorio Palamas: «la naturaleza superesencial de Dios no puede ni decirse, ni pensarse, ni verse — pues está alejada de todo y es más que incognoscible, siendo llevada por las virtudes incomprensibles de los espíritus celestes — , incognoscible e inefable pare todos y para siempre. No hay nombre en este siglo ni en el siglo futuro para nombrarla, ni palabra encontrada en el alma y proferida por la lengua, ni contacto sensible o inteligible, ni imagen que pueda dar un conocimiento cualquiera referente a ella, si no es la incognoscibilidad perfecta que se profesa negando todo lo que es y puede ser nombrado. Nadie puede llamarla esencia o naturaleza de un modo propio, si verdaderamente busca la verdad que está por encima de toda verdad». «Si Dios es naturaleza, todo lo demás no es naturaleza; si lo que no es Dios es naturaleza, Dios no es naturaleza e incluso no es, si los otros seres son».